Lo municipal es importante en sí y abre bases locales para una convergencia a medio plazo.
El debate actual entre partidos y liderazgos de cara al 2027 está olvidando que hay unas elecciones municipales y autonómicas también, y que los mayores éxitos hasta ahora conseguidos por las izquierdas vienen de 2015, precisamente con las municipales en bastantes ciudades importantes. Las y los líderes son necesarios y los partidos también, pero suben y bajan según como van dando en los medios y según el cabreo de la gente en sus comentarios.
La convergencia ante las amenazas fascistoides se proclama, pero “nadie sabe cómo hacerla” que decía Alberto Garzón. Pensamos que sí se sabe si se escucha a la gente con democracias deliberativas y participativas. La división en 2014-15 era bastante mayor que ahora. Fracciones “internas” en varios partidos de izquierdas y progresistas (dentro de Podemos, IU, y con regionalistas, nacionalistas, etc.), desde interpretaciones contrapuestas sobre lo que había sido el 15M, el ciclo movilizador de las mareas y también sobre cómo lograr la unidad. Pero en Madrid ciudad hicimos la base del programa en una mañana con técnicas participativas entre sectores muy diversos. Y el éxito no vino de liderazgos conocidos (salvo el de Ada Colau y poco más), sino de creer que la “unión hace la fuerza”, que sacó de la abstención a muchas personas, en muchas ciudades y también en pueblos grandes y pequeños.
Si la pregunta es ¿para qué unirse?, para empezar, ya están los acuerdos generales, en su día los firmaron Iglesias y Díaz con Sánchez y todavía están por cumplirse en múltiples aspectos. Es comprensible la desafección y el desencanto de parte del electorado progresista, precisamente por la falta de avances en algunas áreas y por compromisos incumplidos (vivienda, ley mordaza, reformas anunciadas de legislación sobre los medios de comunicación -falso periodismo, fake news, redes- reforma fiscal, lawfare…), pero también ha sido evidente el avance en otros campos (salario mínimo, seguridad laboral, transparencia, algo en medio ambiente y energías renovables…). Hay que poner todo en la balanza para hacer balance, pero sobre todo autocrítica y abrir nuevos enfoques, no solo de programas sino de estilos de hacer política, con participación desde abajo. A pesar de su importancia, estos aspectos de “programa” no son el problema principal para evitar un aumento de la abstención y conseguir un avance de progreso en las contiendas electorales del próximo año. Desde abajo, democráticamente, desde los movimientos sociales actuales y desde quienes están activos en los municipios, se pueden ir concretando propuestas y programas.
Naturalmente hay diferencias, tanto entre los lideres de arriba, como entre las variadas vanguardias y retaguardias de abajo. Por eso hay que demostrar que sabemos hacer democracia, desde abajo hacia arriba -la ciudadanía activa que demanda unidad- y desde arriba hacia abajo -imprescindible para presentar candidaturas en una contienda electoral y construir algo nuevo. Solo así podremos dar un impulso para poder ser creíbles entre la población.
Las peleas de liderazgos y partidismos arruinaron el municipalismo en 2019 y 2023 en la mayoría de las localidades y autonomías. Hubo una gran ministra de Trabajo, una gran ministra de Igualdad, pero cuando se trata de llegar a la convergencia no se pasa de decir que haya “primarias”, es decir competir entre lideresas.
La realidad reciente de los movimientos sociales, que han organizado las grandes movilizaciones por la sanidad, las huelgas feministas y las de mayores por las pensiones, es que carecen de hiper-liderazgos individuales y sí han creado nuevas entidades y movimientos con liderazgos colectivos, consiguiendo que millones de personas salgan a las calles. Sin nadie muy conocido.
Ahora se vuelve a plantear y está bien algún tipo de “primarias”, pero sería más interesante que surgieran desde abajo, no para competir entre liderazgos, sino para ser organizadas con distribución de tareas en las actividades, No solo el o la líder, sino otras portavocías, comisiones de propuestas y seguimiento, formas de mediación y autoorganización, consensos y consentimientos, etc. Las democracias participativas son bastante más que decidir liderazgos y permiten acumular fuerzas desde abajo, no solo para 2027, sino para una larga etapa ante las convulsiones que se nos presentan (climáticas, de trabajos, vivienda, mediáticas, e incluso guerras), pues en cuatro años no se van a arreglar estos problemas por buenos que sean los gobiernos. Lo que necesitamos es construir desde los movimientos sociales y agruparnos localmente.
Las ilusiones generadas por Podemos, por Unidas Podemos y por los “Ayuntamientos del Cambio”, hace más de una década, y la generada por Sumar hace un lustro, son historia. En todas estas experiencias se ha fallado casi en lo mismo: se creó ilusión en base a la unidad electoral y a unos pocos liderazgos fuertes, pero no se creó nueva organización. En ninguna de las nuevas plataformas electorales se apostó por la creación de una nueva entidad estable, democrática y participativa, ni en las estatales para las legislativas, ni en municipalistas como Ahora Madrid, etc. (salvo excepciones, como tímidamente desde Comuns, en Barcelona primero y con Catalunya en Comú después, y en algún municipio disperso, donde hay experiencias de candidaturas unitarias que se han mantenido hasta hoy).
Si queremos un cambio social mínimamente creíble, de profundidad y a medio plazo, es necesaria la creación de nuevas organizaciones unitarias y para conseguirlo, que sepamos, solo se puede hacer si se inicia un proceso en esa dirección que transite por una doble vía: 1, creación de nuevas asambleas no sectarias y unitarias de base, a todos los niveles de la ciudadanía, tanto de la afiliada a organizaciones como la independiente. Y 2, cesión paulatina de soberanía de los partidos existentes (Podemos, Izquierda Unida, regionales/locales…) a la entidad creada, aunque sea al menos una cesión parcial. Por lo tanto, creación de una nueva organización democrática y soberana (frente amplio o cómo se decida llamar). Lo urgente obliga a nuevas coaliciones, lo importante a una nueva entidad, donde cada persona será un voto.
Este proceso permitirá, a futuro, que en esa una nueva organización se puedan realizar democráticamente la elección de las candidaturas, creando un nuevo censo con todas las personas que se apunten al proceso, que permita primarias a todos los niveles, de la elección de la candidatura de cada municipio, autonomía y estatal. Esas primarias ahora, a un año de las elecciones, parecen ya imposibles, sería poner por delante los problemas y las confrontaciones internas, delante de los programas, las propuestas y el trabajo por el cambio.
Si el reto para 2027 es tanto para las Municipales como para Autonómicas (una cuantas) y las Generales ¿no convendría empezar por acuerdos más locales y con necesidades muy concretas? Llegar a acuerdos locales con candidaturas municipalistas en estos meses (incluyentes y sin vetos) permitiría una base entusiasta que gritase fuerte a los partidos para convergencias a escalas mayores. Las direcciones de los partidos en varias de las elecciones autonómicas han impedido que hubiera acuerdos regionales, salvo en pocas ocasiones que han tenido mejores resultados ¿Se puede llegar a estos consensos al menos para que la gente pueda decidir desde abajo, o solo se cree en las directrices centrales que se dan como incuestionables? A escala local también hay rivalidades, pero ante lo que son las amenazas actuales y con técnicas participativas se pueden superar, como ya se ha hecho en diversos casos con el municipalismo.
El camino más necesario y duradero, insistimos, es ir creando nuevas asambleas locales, para hablar y debatir de todo - la política tiene que ser holística, pues todo está conectado- pero prioritariamente para tratar y actuar sobre los problemas cercanos que afectan a la población de cada lugar. Estas asambleas organizadas y unitarias hay que crearlas paso a paso, sin prisas pero sin pausa, a todos los niveles: en cada barrio y pueblo, en cada distrito, comarca y ciudad.
Salir de la abstención y del cabreo con nuestros dirigentes de izquierdas requiere unas convergencias no solo electorales, no solo entre partidos, sino que desde sindicatos y desde movimientos sociales, desde artistas e intelectuales les exijamos que nos dejen hacer formas inclusivas de lucha para defender las democracias. La respuesta popular en la vuelta ciclista ante el genocidio, por ejemplo, tiene el valor de lo que nos enseñan que sale desde la gente del común.
Son estas iniciativas inclusivas y movilizadoras las que pueden ir construyendo unos futuros más creíbles. Que los partidos escuchen de verdad a la gente (“la oreja en la calle” de Rufián), hay formas de hacerlo. Luego, en el medio plazo, se pueden hacer primarias por provincias o por autonomías, se puede llegar a acuerdos aún más amplios para el Senado, y desde luego para las generales también escuchar lo que se haya ido construyendo con participación de la sociedad.
Si se empieza a discutir por los hiperliderazgos (como ya sugieren los medios, sobre todo los de derechas) es que aceptamos los juegos de enfrentamientos y la desilusión. En los movimientos en los que estamos solo oímos a unos que se abstienen, otros que votan tapándose la nariz, e incluso a quién dice que vota cualquier cosa contra el bipartidismo… Cuando algunos de los partidos renuevan sus direcciones, se abren nuevos caminos, pero no queda nada claro que quieran construir desde abajo las posibles convergencias. ¿El “para qué” puede salir de seguir a unas u a otras/otros, o puede ser producto de la inteligencia colectiva? ¿Qué es más ilusionante?
Se han reclamado mediaciones y participación social para conflictos graves en Euskadi o en Catalunya, o para resolver conflictos en empresas, o dentro de instituciones o movimientos sociales. Pero cuando tenemos un problema en las direcciones ¿no es posible acordar sistemas de consensos y consentimientos? Hay métodos probados en movimientos sociales que convendría aprender a practicar,
Los liderazgos que dicen y repiten lo de escuchar a las bases ¿pueden al menos dejar que las convergencias no dependan solo de lo que creen saber los dirigentes? ¿La inteligencia colectiva puede tenerse en cuenta y aportar para que lo que se negocia pueda encontrar equilibrios viables? La gente que escuchamos nos dice que, si no somos capaces de entendernos y saber confluir, tampoco es creíble que se sepa hacer en gobiernos y en condiciones más complejas.
Tomás R. Villasante y Tomás Alberich
(sociólogos y activistas en movimientos sociales de la Sierra Guadarrama)
artículo publicado en Público.es (1/05/2026):
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